Proyecto para la ciudad cosmopolita


Emergen nuevos actores políticos que se mueven a impulsos de la ciudadanía y tratan de superar la fase del debate inoperante

Asoman nuevos proyectos de intervención política. A veces con éxito electoral imprevisto como el obtenido por las CUP hace unos años o por Podemos en las últimas europeas. También ahora en Barcelona a escala local: Guanyem Barcelona se ha presentado tanteando posibilidades para las municipales de 2015. ¿Es solo una aventura localista y utópica?

Las ciudades metropolitanas han emergido como protagonistas sociales y políticos en el escenario mundial. Lo ignoraban quienes acusaron de “delirio hanseático” a algunas propuestas clarividentes del alcalde Maragall. Pero la tendencia se ha confirmado. Ulrich Beck habla de “ciudades globalizadas” cuya diversidad interna y conexiones internacionales las convierten en sujetos relevantes en la configuración de nuevas formas de producir, de relacionarse y de gobernar la complejidad. Porque las grandes divisorias actuales se condensan y se expresan intensamente a escala urbana: en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo medioambiental.

La conflictividad generada por tales divisiones es ya difícilmente manejable desde el Estado-nación, una forma de organización que algunos defienden como decadente monopolio y otros añoran como paraíso perdido. Los instrumentos de la democracia representativa —partidos, parlamentos, burocracias profesionales, medios convencionales de comunicación— se las ven y se las desean para satisfacer a ciudadanos apremiados por un cambio acelerado en todas las dimensiones de su existencia. Pese a sus coletazos resistenciales, es probable que el Estado-nación no pueda dar ya aquella respuesta porque su capacidad de adaptación se ha agotado tras una hegemonía de casi medio milenio.

Hay que admitir, pues, que atravesamos una fase de transición entre épocas, no en un cambio de ciclo. Crece la angustia por el agotamiento de lo existente cuando no se define todavía lo que debe sustituirlo. Para un cultivador de la sociología histórica, nuestra turbulenta época de transición durará varias décadas al igual que ocurrió en el pasado (Immanuel Wallerstein).

Y aquí es donde interviene el creciente protagonismo de las ciudades abiertas, globales. La ciudad metropolitana ya no se encierra en un recinto amurallado y apenas tolera barreras administrativas o territoriales. Es la ciudad que encaja el beneficio y la tensión de la imparable inmigración de diferentes orígenes culturales. Es la que propicia la proliferación de iniciativas empresariales y sociales. Es la que alberga la fecundidad de la investigación científica y de la creatividad artística. Pero es también la que excita la ambición de especuladores económicos de alcance mundial, la que atrae a explotadores de tráficos ilegales y se convierte en refugio precario de sus víctimas.

Como resultado, la ciudad metropolitana presenta las mayores y crecientes disparidades en la distribución de recursos: junto a los privilegios de las élites exclusivas se exhibe la miseria escandalosa de la pobreza. También en nuestra Barcelona. En este contexto se hace más urgente la reclamación de proyectos de cambio y de nuevos instrumentos para llevarlos adelante. Se habla de la posibilidad de una “reconquista ciudadana” basada en “el deseo de ciudad y la fuerza de la ciudadanía cuando inventa (nuevos) espacios públicos de expresión” (Jordi Borja).

Quizá sea aquí donde la dificultad para hacerlo sea menor que a escala continental o mundial, donde también es necesario el cambio pero son mayores los obstáculos. A diferencia de lo que ocurre en el Estado, en la metrópolis globalizada las instituciones y actores políticos dominantes poseen quizá menos capacidad para neutralizar nuevas iniciativas populares. No solo de protesta y reivindicación. También de propuesta y de intervención: en el terreno de la economía social, de la cooperación solidaria, de la gestión no mercantil de servicios y prestaciones, de la participación colectiva en las decisiones de interés común. Son realidades con existencia más o menos prolongada y con resultados desigualmente convincentes. Pero están ahí, necesitadas ahora de articularse en un programa concertado que les permita superar el limitado reducto de la antipolítica —o de la apolítica— y las traslade al terreno constructivo de la política. Son obra de actores (movimientos, plataformas, colectivos) que se mueven a impulsos de la ciudadanía o en contacto directo con ella. Se sitúan en las redes sociales y explotan sus potencialidades. Intentan compensar la lejanía de la representación institucional con mecanismos de proximidad. ¿Son instrumentos lo bastante eficientes? Está por ver si pueden superar los riesgos del debate inoperante o de la generación de nuevas oligarquías excluyentes. Pero el empeño merece la pena.

¿Intento utópico en el sentido de inalcanzable? En todo caso, no más que la pretensión de responder a las demandas ciudadanas con programas e instrumentos desgastados. ¿Riesgo excesivo? No mayor que el de seguir ciegamente por el mismo camino que nos ha llevado a la situación de bloqueo de la que pretendemos salir. Escribió un historiador que en momentos de transición caracterizados por la incertidumbre y la inestabilidad es cuando puede tener mayor incidencia la iniciativa nueva de un individuo o de un grupo. Habrá que aprovechar las oportunidades que permitan comprobarlo