Las instituciones y los movimientos


El mapa político resultado de las Elecciones europeas refleja el definitivo colapso del modelo bipartidista español y, lógicamente, del régimen que sustenta. Pero esta última parte de la afirmación ha de ratificarse en las próximas elecciones municipales, donde quedarían definidas las correlaciones de fuerza reales. ¿Qué significa lo municipal hoy, en un país fuertemente urbanizado y con buena parte de sus consistorios totalmente endeudados y arruinados? ¿Qué séntido y contenido político se le puede dar? ¿Qué margen hay para lograr mayores cuotas de democracia y justicia?

¿Quiénes somos? Somos los de abajo contra los de arriba. Pertenecemos a los movimientos sociales que nos reconocemos en el 15M y que venían de antes, o que nacieron ahí desbordando por fin la política de minorías. Los que somos más viejos nos formamos antes del 15M mirándonos en el zapatismo, leímos Cambiar el mundo sin tomar el poder y viajamos también de contracumbre en contracumbre, durmiendo en el suelo en cualquier parte y popularizando siglas como FMI, OMC y la palabra capitalismo.

Después del 15M y la irrupción de Podemos nos encontramos en este punto, mirándonos en el abismo de lo que intuimos como una certeza: en este nuevo ciclo de luchas la política de movimiento pasará necesariamente por las instituciones. Para los que en el pasado vivimos a la sombra de la autonomía el momento nos exige saltar sobre las presunciones construidas durante toda una vida. Para todos, la situación está llena de preguntas complejas que tendremos que responder colectivamente. Entre ellas, la de cómo crear nuevas instituciones a la altura de nuestras aspiraciones que quizás no hayan sido pensadas antes.

Con esta mochila a cuestas es cierto que la apuesta municipal da menos vértigo que otras escalas. Es en el ámbito local donde la política cara a cara puede darse más fácilmente y donde parece posible abordar una aplicación más sencilla del bagaje asambleario y las herramientas movimentistas de organización.

Tener el poder

Pero la pregunta por la relación entre democracia y formas organizativas nos lleva también a la certeza de que tomar las instituciones no es suficiente. Ganar unas elecciones no es tener el poder, cualquier intervención en ese ámbito tiene que estar sostenida por un espacio político organizado desde fuera. Pero entonces, ¿cuál debería ser la relación entre movimientos sociales e instituciones?

La cuestión es compleja. Existe un miedo que se repite mucho estos días en los entornos donde se están planteando apuestas municipalistas que es el recelo a ‘descapitalizar’ los movimientos. Se pone como ejemplo la Transición, donde la necesidad de llenar de cuadros las nuevas instituciones democráticas se dice tuvo como consecuencia el debilitamiento de las luchas sociales. Sin embargo, entonces no había otro horizonte que la forma partido, la democracia representativa y también un cierto optimismo por las recientes libertades conquistadas.

Necesidad de cuadros

Hoy tenemos otras expectativas. La cuestión de la necesidad de cuadros y que algunas personas tendrán que situar su militancia en esos espacios no tiene contestación posible. Esto va a suceder si es que no está sucediendo ya.

Por un lado, la exigencia de paliar la situación de urgencia en la que viven muchas personas hoy y la pérdida acelerada de derechos sociales y civiles que será difícil recuperar pone entre paréntesis este tipo de objeciones. Por otro, tomar las instituciones tiene que constituir una apuesta por potenciar la organización social desde ahí aunque en un principio perdamos activos. Algunos movimientos de base, es verdad, pueden desaparecer si la llegada a las instituciones de opciones progresistas implica que sus demandas sean atendidas. El ejemplo podría ser una lucha vecinal contra la construcción de un centro comercial en lugar de un parque. Si efectivamente el parque se construye, es posible que el movimiento vecinal desaparezca.

Para los que pensamos que la organización por fuera de las instituciones es imprescindible para la democracia, esta aparente paradoja no debe detenernos. La autogestión del parque –y en general la reinvención de la gestión colectiva de los bienes comunes– puede ser una clave que posibilite la pervivencia de la asociación vecinal más allá de la demanda concreta. Ésta es una clave que permite empezar a imaginar cómo sería potenciar los movimientos sociales desde los ayuntamientos. O sea, dar recursos a la autogestión y apostar por esta nueva institucionalidad basada en el autogobierno de los comunes.