Ganar democracia. Por un municipalismo constituyente


Artículo de Gerardo Pisarello en Contrapoder (eldiario.es)

Guanyem Barcelona es una inicativa ciudadana que intenta recuperar lo mejor de la tradición municipalista libertaria y republicana.

Su objetivo es transformar las instituciones, devolver la voz a la gente y conectar con otras iniciativas que pretenden romper desde abajo con el actual régimen de poder.

Ha llegado la hora de mostrar que se puede hacer política de otra manera y cambiar la vida de las personas.

Hoy jueves por la tarde se presentará en una escuela pública de El Raval la iniciativaGuanyem Barcelona. La propuesta, impulsada, entre otros, por la activista social y ex portavoz de la PAH, Ada Colau, pretende explorar la posibilidad de una candidatura ciudadana para los comicios municipales de 2015. Su objetivo es doble. Por un lado, irrumpir en las instituciones locales con fuerza suficiente para transformarlas y para devolver a la ciudadanía parte de la voz que le ha sido arrebatada. Por otro, conectar con otras “iniciativas hermanas que buscan romper desde abajo con el actual régimen político y económico”.

Este vínculo entre municipalismo y ruptura democrática es todo menos fantasioso. Ha tenido una presencia decisiva en la historia reciente y en el imaginario de diferentes tradiciones libertarias, republicanas y federalistas. Cuando se proclamó la primera república, en 1873, algunos pensaron que lo que hacía falta era un régimen semejante a la monarquía de Amadeo de Saboya, solo que sin monarca. Muchos otros, sin embargo, creyeron que había llegado el momento de impulsar un auténtico proceso constituyente democrático. En Barcelona, como en otras ciudades, la nueva república fue recibida con carteles que rezaban: “Municipios autónomos. Estados soberanos. República federal ¡Viva la Confederación española!

Municipales fueron, también, las elecciones que en abril de 1931 llevaron al rey Alfonso XIII a abandonar el Palacio Real mientras dejaba escrito: “ya no tengo el amor de mi pueblo”. En aquellos comicios, los partidos monárquicos triunfaron en las zonas rurales y en algunas capitales de provincia. Pero las fuerzas antimonárquicas se impusieron en los grandes núcleos urbanos. En Madrid, los concejales republicanos triplicaron a los monárquicos. En Barcelona, los cuadriplicaron. Estas elecciones no fueron un hecho azaroso. Vinieron precedidas por un huracán imparable de mítines y de manifestaciones contrarias al régimen caciquil, corrupto y excluyente gestado durante la primera restauración borbónica.

El carácter constituyente de las elecciones de 1931 dejó una honda impresión en las fuerzas que se alzaron contra la república. De ahí que el espacio urbano se convirtiera en una de las grandes preocupaciones de la dictadura franquista. Ya en 1951, un aumento de precios en el billete de tranvía fue el desencadenante en Barcelona de la primera huelga contra el régimen. Décadas más tarde, las demandas provenientes del ámbito local comenzaron a adquirir un inconfundible tono constituyente. De reivindicar semáforos y alcantarillado, los movimientos vecinales pasaron a exigir una planificación urbana alternativa al “desarrollismo franquista”.

El miedo a este impulso de abajo y el recuerdo de 1873 y de 1931 hizo que las fuerzas del régimen que controlaron la transición evitaran toda concesión a los movimientos populares urbanos. La Constitución de 1978 recogió con recelo las formas de participación ciudadana directa y no hizo mención alguna a las asociaciones de vecinos. No es casual, tampoco, que las elecciones municipales de 1979 fueran las últimas en ser convocadas, cuando los cepos antidemocráticos del nuevo régimen político ya habían quedado bien instalados. Y a pesar de eso, el voto antifranquista y rupturista obtuvo un elevado reconocimiento.

Aquella rebelión urbana tuvo efectos duraderos en la vida de mucha gente. La movilización vecinal y sindical trajo mejoras sustanciales en materia de equipamientos, servicios sociales, acceso al espacio público y ampliación de los derechos urbanos. Ninguno de estos cambios fue una simple concesión desde arriba. Por el contrario, las oligarquías financieras, constructoras e inmobiliarias que pasaron casi intocadas de la dictadura a la monarquía parlamentaria hicieron todo lo posible por mantener a raya esta pulsión democratizadora. Apoyadas en un régimen partitocrático reacio a la participación y en una monarquía favorable a sus intereses, alentaron el desabastecimiento presupuestario de los ayuntamientos, la liquidación del patrimonio urbano y la desmovilización vecinal. Todo esto propició un municipalismo de baja intensidad, presa fácil de las operaciones especulativas y de la connivencia mafiosa entre política y dinero.

Esta ofensiva elitista y tecnocrática ha generado desigualdades y precariedad, y ha laminado derechos conquistados con esfuerzo. Pero no ha conseguido ahogar el impulso democratizador proveniente de la esfera local. En ocasiones, este impulso se ha expresado en la proliferación de ateneos, centros sociales y culturales, bancos de tiempo, huertos urbanos, espacios familiares para la pequeña infancia y cooperativas de todo tipo. Otras veces, ha dado lugar a la irrupción de propuestas municipalistas alternativas, como las de las CUP, en Cataluña, como la de Marinaleda, en Andalucía, o como tantas otras surgidas en pequeños pueblos y ciudades de todo el Estado. Finalmente, se ha abierto camino a través de movimientos sociales como las mareas ciudadanas o como la PAH, que dio expresión a un original tipo de sindicalismo urbano y devolvió al derecho a la vivienda y a la desobediencia su sentido rebelde y transformador.

Estas experiencias democratizadoras, sumadas al 15-M, al movimiento por el derecho a decidir, a la consolidación de propuestas de izquierdas y ecologistas en diversos puntos del Estado y a la irrupción de otras nuevas como Procés Constituent o  Podemos, han ido gestando lo que hasta hace poco parecía inconcebible: un escenario destituyente del régimen de poder actual y constituyente de una realidad alternativa.

Es a esta rebelión democrática a la que una iniciativa como Guanyem Barcelona pretende contribuir. Con modestia y y con conciencia de la dificultad, pero con ilusión. Conectando las actuales energías de cambio con la mejor tradición municipalista libertaria y republicana. Demostrando, desde lo más cercano, que existen alternativas y que es posible crear una nueva institucionalidad al servicio de las mayorías. Contagiando esta voluntad transformadora a otras escalas territoriales, dentro y fuera del Estado. Recordando, en definitiva, que “también el pequeño jardín contiene un rumor de bosque”. Que así sea.