Proceso(s) Constituyente(s). Sobre soberanías, consultas y posibles alianzas


Mas I de Catalunya el “astuto”

Artículo de Xavier Domènech @xavierdomenechs publicado en Madrilonia el 13/10/2014

“Todos nos declaramos a favor de la libertad, pero al emplear la misma palabra no nos estamos refiriendo a la misma cosa. Para algunos la palabra libertad puede significar que cada hombre haga lo que desee consigo mismo, y con el producto de su trabajo; mientras que para otros la misma palabra puede significar que cada hombre haga lo que desee con otros hombres, y con el producto del trabajo de estos”

(Abraham Lincoln, 18 de abril de 1864, sobre la construcción de la nación)

 

Lo más sorprendente de lo que está pasando estos días en Catalunya, en unos momentos en los que muchas actuaciones y gestos no pueden sino asombrarnos, no es la suspensión de la consulta por parte del Tribunal Constitucional. Eso venía ya de suyo. Lo que sorprende es cómo lo que se nos ha contado como una gran partida de ajedrez, con Artur Mas oficiando de político “astuto”, de momento parece que no pasa de ser por su parte una improvisada partida de canicas. Aunque eso no signifique que todo ello no guarde su lógica o, mejor dicho, lógicas. La aparentemente mayor, conseguir la consecución del derecho de autodeterminación en Cataluña; la aparentemente menor, conseguir resguardar el dominio político de CIU. Un dominio acabado en términos sociales ya hace más de dos años, pero que se mantiene en términos políticos dada una gran habilidad táctica y la incapacidad del resto de actores para superar sus propias contradicciones.
De hecho, en el último giro inesperado de los acontecimientos estas dos lógicas se han cruzado en un mismo instante: la comparecencia del President después de anunciar que no se realizaría la consulta en los términos previstos. Ante su “imposibilidad”, dada la reacción del gobierno de España, ahora se propone un nuevo camino: un proceso participativo con urnas el 9N. De todas formas, según nos cuenta Artur Mas en la misma comparecencia, debemos tener también en cuenta que este proceso participativo en realidad tampoco es determinante de casi nada. En una declaración que podría parecer delirante, pero que no lo es, si atenemos a lo que en realmente está en juego para el que la hace, lo único realmente determinante serán unas futuras e inciertas elecciones refrendatarias con una lista patriótica unitaria. Huelga decir que es precisamente esta “única” opción, la que garantiza a su vez la supervivencia política de la propia Convergencia.
El presidente en este escenario puramente tacticista, (en la táctica parece que nadie es capaz de ganarle la partida y en la estrategia parece que nadie tenga ninguna diseñada) aparece siempre como el mejor colocado. Sumando fotos “góticas” de “unidad nacional”, de donde sólo ICV-EUiA ha conseguido en algún momento escapar, que lo confirman a luces del electorado independentista como el Mesías que ya intentó ser en 2012 (otra cosa es que lo consiga, como no lo consiguió entonces). Así fue la imagen insuperable de esa unidad en el momento de la firma del Decreto para la consulta del 9N. Después de un viernes de ceniza en el Parlament donde el padre de la patria hasta entonces, Jordi Pujol, fue entre todos sepultado en el olvido de la historia, en un sábado de resurrección fue ungido un nuevo pretendido padre de la patria, olvidando por el camino que es el hijo directo del anterior. El lastre del pasado en las elecciones de 2012 se habría soltado por fin. Desde ese momento hasta el lunes de esta semana se han sucedido por nuestra retina miles de esas imágenes góticas cargadas de mucha estética épica. Es cierto que en realidad quizás sólo han sido dos o tres fotografías, pero en la era de los medios de comunicación éstas han sido reproducidas centenares de veces, millares de veces, operando en un sentido político determinado para llevarnos al éxtasis de la unidad. Y extasiados como estábamos los catalanes, esta aparente unidad se rompió de forma abrupta con el anuncio del President de que no seguiría adelante con el plan previsto. Dura fue la caída, tan dura como poco duró. Perdidos como nos encontrábamos en las tinieblas de la angustia colectiva, de nuevo resurgió la figura de Mas. Ahora ya no había unidad quedaba sólo el President y su nueva propuesta. Se había cargado el pacto de legislatura con ERC, había hecho trizas el acuerdo con los partidos que estaban a favor de la consulta, después de sus múltiples declaraciones mostrando su disposición al sacrificio personal no había desobedecido ni una coma a la legalidad española. Pero los culpables eran otros, los tacticistas otros, los que no lo estaban dando todo eran los otros. Era él sólo, él en comunión con su pueblo, el que seguía navegando un mar embravecido. Y el órdago funcionó, el resto de partidos con resquemores, exceptuando aquí de nuevo de momento a ICV-EUiA, que de todas formas difícilmente podrán construir una hoja de ruta propia, parece que se irán plegando a su nueva propuesta. El estilo de esta operación era antiguo, muy pujoliano, el de dar un golpe de rabia encima de la mesa, pero ha funcionado. Ciertamente es difícil plantear una alternativa sin una hoja de ruta clara. Artur Mas el “astuto” es realmente el maestro de las llaves, de la consulta, de la convocatoria elecciones, y por ello nadie se le puede enfrentar, como mucho se puede aspirar a subvertir su lógica en algún momento del “proceso”.
Pero si esa es la lógica del President, luego hay muchas más, entre ellas algunas que van en contra del intento de salvar el dominio político convergente. No es menor en este sentido la de la propia consumación del derecho de autodeterminación y las contradicciones que puede poner encima de la mesa. Quemando escenarios a marchas forzadas finalmente sólo quedará, ante la imposibilidad manifiesta en la hoja de ruta planteada por Mas de realizar un referéndum que siempre encontrará la oposición del Estado por delante y la no desobediencia por detrás, unas elecciones plebiscitarias o, según el President,refrendatarias (el matiz parece que no pero es importante, pero esto nos llevaría lejos). Para entonces el juego será el de todo o nada. El todo es la independencia, ya no la autodeterminación, y allí no está claro que se tenga mayoría. Más cuando uno de los principales problemas del proceso en su actual forma es que lo que parece jugar a favor de él, que las derechas catalanas lo estén pilotando, en realidad puede jugar en su contra.

Deseos y realidades
Quim Arrufat diputado de la CUP, probablemente el partido con presencia institucional que más está dando para poder seguir con el proceso en una lógica autodeterminista, lo decía descarnadamente al pedir un gobierno de unidad nacional entre CIU y ERC para garantizar la consulta: “La entrada de ERC en el gobierno es estratégica en estos momentos. Han sido meses de pacto de gobernabilidad avalando políticas de recortes con el objetivo de llegar al momento de la consulta. Ahora es el momento de ser responsables. La CUP también está dispuesta a hacer lo que haga falta, pero es ERC quien tiene una posición privilegiada para garantizar que votemos”. Afirmación que describe perfectamente un proceso donde un pacto nacional no ha ido acompañado de un pacto social, aun fuera de mínimos. Es decir en el camino conjunto de partidos políticos y sectores sociales hacia el 9N unos han dado mucho, asumiendo en palabras de otro destacado dirigente catalán “todas las contradicciones”, mientras que otros no fueron ni capaces de quitar del gobierno a las personas que más se han destacado en la defensa de la privatización de los servicios públicos o en la represión de los movimientos sociales. Y esa es probablemente una de las principales debilidades de todo el proceso soberanista.
No hay construcción nacional viable, que no se de de forma coercitiva, si no se parte de un pacto social de mínimos previos. En este sentido, el planteamiento de primero independencia y posteriormente proceso constituyente es falaz, no hay posible independencia sino es a su vez un proceso constituyente. Ciertamente la capacidad de movilización del soberanismo no tiene igual, pero hace falta algo más, mucho más si se quiere entrar en escenarios de desobediencia. Es más, al no darse ese pacto social de mínimos, las tensiones entre la imagen que se pretende dar y la realidad que se ejecuta acaban por generar profundas distorsiones narrativas en el intento de encuadrar la representación de la nación, toda ella, en un camino unívoco. Así las izquierdas que participan en el proceso se encuentran fijadas en fotos narrativas nacionalizadoras que no son de su gusto y las que quedan fuera de la foto, a pesar de aceptar claramente la necesidad y defensa de la aplicación del derecho de autodeterminación, incurren en el peligro de ser rápidamente acusadas de ser un peón del españolismo en la forma de un nuevo lerrouxismo de izquierdas. Esto último, aplicado a fenómenos como Podemos, y en algunos casos se llega hasta Guanyem, que están de acuerdo en la celebración de la consulta, llega al absurdo al utilizar una imagen creada por un partido de derechas, conservador y regionalista a principios del siglo XX contra el hecho de que las clases populares urbanas no lo seguían, para calificar aquellas opciones de izquierdas que no son independentistas. El problema deriva de la ansiedad de que un resultado electoral donde estas opciones crezcan rompa la imagen de una unidad nacional entorno a un tipo de independencia imposible, más imposible aún cuando en ella hay destacados ejecutores de políticas neoliberales.
El problema para cualquier opción radicalmente transformadora, y para la misma creación de amplias mayorías sociales y políticas en este sentido, es como hacer frente en este contexto a esta falsa unidad patriótica o, planteado en otro sentido, como evitar que esta imagen haga inviable una mayoría de ruptura con el modelo económico y político imperante y no sólo con el Estado. Volvemos en este caso al problema de la contradicciones de una parte de los actores para romper con la hoja de ruta de Artur Mas el “astuto”. Aquí nos ocuparemos solamente una de ellas: las relaciones que se establecen en general entre los proyectos transformadores independentistas y los no independentistas en Catalunya que,mutatis mutandis, es también el problema que se plantea en esa misma relación a nivel de estado.

Soberanías y procesos constituyentes
En el caso catalán hay un elemento compartido por casi todos los proyectos que tienen como objetivo la independencia de Catalunya que es digno de atención. Todos ellos, incluso los que plantean ir directamente a una Declaración Unilateral de Independencia, indican la necesidad de una negociación posterior con el Estado español (las suposiciones iniciales de que la UE u otros organismo internacionales validarían casi automáticamente la creación de un Estado Catalán han ido desvaneciéndose cada vez más en este sentido). A su vez, casi ninguno de ellos piensa en términos de cómo transformar ese mismo Estado precisamente para conseguir esa negociación, precisamente con el organismo que ha impedido que se celebré un referéndum de autodeterminación. Paradoja que en sus últimas consecuencias nos lleva en cualquier opción a un escenario imposible. En el mismo sólo sería viable el retorno a la histórica práctica convergente de una Cataluña bajo su mando para negociar, con apuestas más altas eso sí, con el Estado la tercera vía que con anterioridad se habrá denostado hasta la saciedad (soy del parecer que si Duran i Lleida no existiera, Convergencia no tendría más remedio que inventarlo).
Pero el mantenimiento de un bloque catalán sin alianzas posibles con un bloque español, e internamente entre aquellos proyectos transformadores dentro de Catalunya que tienen como objetivo un Estado propio y aquellos que apuestan por un modelo federal, más allá del acuerdo sobre la consulta, también se ve imposibilitado por la falta de un reflexión más global sobre el fracaso del Estado central y las soberanías que hay en juego en un proceso constituyente. La crisis es económica, es política, es cultural, y también lo es de arquitectura del Estado. No sólo por las crisis nacionales, en este caso singularmente la catalana, sino porque el Estado en sí mismo ha intensificado su papel de herramienta de destrucción de las soberanías democráticas en el contexto de la gestión de la crisis económica. De hecho, la orientación de una casta corporativa y financiera que actúa en un espacio global, origen ella misma de la crisis actual, ha llevado en la actual situación a la utilización del Estado como una herramienta para drenar cada vez más recursos de las poblaciones. Este proceso necesariamente se ha desarrollado como una imposición de arriba hacia abajo y del centro del poder supraestatal al estatal, de éste a sus periferias y desde ellas al conjunto de la población. En este sentido, inversamente, las resistencias han tomado una forma populista, en la defensa ya no de una clase u otra, sino del “pueblo” como espacio para una nueva posible alianza de clases en la dimensión local frente a la casta global. Esta resistencia opera así en su mutación hacia el desafío de abajo hacia arriba, de las periferias a los centros, como movimientos de dignidad nacional y de recuperación de la democracia: es decir de recuperación de la soberanía por parte del pueblo. Con diferentes variantes, que van desde el populismo de un movimiento como el 15M hasta el nacionalpopulismo con diversas naciones de referencia o al frentepopulismo griego, pero como expresión de una misma respuesta.
En este marco el planteamiento más inmediato es el asalto al Estado o la construcción de un Estado. Pero ello, y más en una tierra como la nuestra, en sí mismo forma sólo una parte de la solución. Hace falta además replantear toda la forma del Estado mismo. Esto afecta no sólo a su carácter plurinacional, sino más allá también al problema municipal, que en estos momentos está recibiendo un duro golpe legislativo en su capacidad de desarrollar políticas públicas. De hecho, esto tampoco es nada nuevo en la historia de los proyectos democratizadores ibéricos. Las primeras izquierdas –que a su vez fueron los primeros demócratas, socialistas y comunistas– españolas y catalanas surgidas en la primera mitad del siglo XIX ya se planteaban que un proyecto democrático e igualitario era indisociable de una restructuración radical del Estado liberal. Para ellas la articulación especifica de este Estado era el resultado directo de la necesidad de unas clases sociales minoritarias de disponer de una herramienta para imponer sus intereses a la sociedad. La construcción de una sociedad democrática e igualitaria necesitaba entonces de la recomposición del Estado en un sentido democrático que respondiese a la existencia de diferentes niveles de soberanía empezando por la municipal. Ante unas problemáticas parecidas en nuestro propio presente la ruptura constituyente no se puede realizar desde un solo demos. No hay en juego un proceso constituyente en Catalunya y un proceso constituyente en España –los dos son irrealizables por debilidad sin su interrelación– sino procesos constituyentes en plural y en muy diversos niveles. La respuesta en este campo no es la aceptación de una consulta, como momento de realización episódica, como tampoco lo es una propuesta concreta de la forma que debe o deben tomar los proyectos de Estado (ya sea federal, confederal o independiente), sino la aceptación de las soberanías plenas que sólo son realizables de forma compartida. Ese es de hecho el espacio donde se sitúa la mayoría de los catalanes (hasta un 80% según las encuestas), en su autoreconocimiento soberano, más allá de sus preferencias concretas sobre la forma que debe tomar esa soberanía. Ese es también el espacio de las alianzas posibles entre diversos proyectos transformadores sin volver a la lógica del sistema político catalán anterior a los años treinta, donde en realidad existían dos sistemas políticos confrontados en un país dominado institucionalmente por el regionalismo conservador.
Pero, más allá de esto, en el reconocimiento de soberanías múltiples y por tanto de varios posibles procesos constituyente es donde se encuentra también la posibilidad de hacer confluir las diversas fuerzas transformadoras de todos los centros y periferias, que ahora se tratan entre ellas en un equilibrio precario, en un acuerdo común. El reconocimiento de estas soberanías múltiples, y por tanto de que el Estado en su forma actual es también parte del problema, es el principio que permite hablar de todos los contenidos (un modelo de vida) y no sólo de los continentes (la forma del Estado). Son precisamente estos contenidos, y no los continentes, los que dan fuerza a los procesos constituyentes y es precisamente desde esa capacidad de transformar nuestra realidad, de reconstruir una democracia violentada que se decidirán entonces los continentes más adecuados para sustentarlos y no a la inversa: que el debate sobre los continentes haga imposible las alianzas para realizar el contenido.