Presentación de #GuanyemLaMúsica


Harlem Jazz Club, Barcelona, 28 de julio de 2014

Marcelo Expósito @mrenau

Buenas noches a todo el mundo. Es un placer poder presentar este acto
#GuanyemLaMúsica en el Harlem. Lo hago como uno de los coordinadores
del eje de cultura de Guanyem Barcelona.

El motivo de que hoy nos reunamos aquí se puede resumir en dos
noticias. Una mala y otra buena. La mala: en las últimas horas hemos
empezado a tener constancia documental de que quien ha sido President
de este país durante 23 años es un corrupto: mientras su familia
atesora millones en paraísos fiscales, en Barcelona se multa a los
músicos por tocar la guitarra en la calle. La buena: que este acto,
junto con otros incontables, demuestra que la gente hemos dicho ¡ya
basta!, la ciudadanía ha empezado a organizarse para echar a la mafia
de las instituciones.

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Esta noche nos reunimos para hablar de música y cultura. Se me ocurre,
por tanto, que debiera comenzar explicando un par de datos que son
relevantes para la cultura. El primer dato es el incremento de
nuestras tasas de empobrecimiento: 25% de pobreza infantil en la
ciudad de Barcelona y 34.000 familias en Catalunya sin un solo
ingreso, para las cuales el President Artur Mas tuvo unas hermosas
palabras hace una semana: dijo que “estudiará” qué hacer. El segundo
dato es un nombre propio: Gustavo Arguelles Calvo. Tenía 37 años
cuando se suicidó hace unos días en Granada. Ha dejado dos hijos
menores de 13 y 3 años. Sufría un proceso de desahucio por impago de
hipoteca que el Banco Mare Nostrum se negó a renegociar.

¿Por qué me parece que estos datos son relevantes para el acto de hoy?
Porque cuando los niños pasan hambre en un país donde hay riqueza
visible y oculta, y cuando el genocidio financiero asesina a las personas, la cultura
no puede mirarse sólo a sí misma, ni pensar en los problemas propios
sin caer en la cuenta de cómo están vinculados a los problemas de
todos.

La cultura no tiene ya la exclusividad a la hora de producir las
imágenes relevantes con las que se identifica una sociedad, pero sigue
jugando un papel importante en la construcción de un imaginario
compartido. Nos encontramos en un momento en el que resulta crucial
decidir, por ejemplo, qué imágenes queremos que la cultura proyecte.
Se puede proyectar la imagen del Palau de la Música alojando el
concierto contra el franquismo de Quico Pi de la Serra –que hoy se
sienta a mi izquierda– con Ovidi Montllor y Raimon en 1968 o la del
Palau de la Música gestionado por un Millet que se la llevó cruda y
regresó a su casa liberado por un juez infame. Se puede proyectar la
imagen del Fórum de las Culturas como una maquinaria que no sólo nos
expropia materialmente —fue algo incluso peor que un innecesario derroche económico— sino también simbólicamente, pues nos robó el vocabulario de la
emancipación. O podemos volver a poner en circulación las imágenes
donde la cultura se difunde y multiplica, para proyectar así la
representación de una sociedad libre: Pau Riba liándola parda en el
Canet Rock de 1975, Macromassa tocando su primer concierto en la Sala
Màgic con Albert Giménez en 1976, Ocaña bailando sevillanas en la
Galería Mec-Mec o bajando por las Ramblas vestido de gitana medio en
pelotas. ¿Recordáis la imagen internacionalista de las Jornades
Llibertàries de Barcelona?

Nos merecemos otra gestión política para facilitar que la cultura
vuelva a contribuir a la construcción de una sociedad democrática,
ética y libre: como el GATEPAC colaborando con el Govern de la
Generalitat de Catalunya para que la arquitectura moderna dejara de
ser el lujo de los poderosos, poniéndola al servicio de la
construcción de viviendas sociales; como las Misiones Pedagógicas
atravesando la península en los años treinta para apoyar la tarea de
los maestros rurales en escuelas perdidas; como la de Josep Renau,
valenciano, director general de Bellas Artes del gobierno de la II
República, planificando el rescate del patrimonio del Museo del Prado
para salvarlo de los bombardeos fascistas sobre Madrid.

Pensemos también en otras imágenes menos épicas pero igualmente
imprescindibles: las de los maestros y maestras de educación artística
en la enseñanza de hoy. Son quienes hacen posible que nuestros niños y
niñas no se vean en un futuro fácilmente entregados al cálculo de una
educación vendida a los intereses de las grandes empresas.

Hay una parte de los problemas que actualmente atraviesa eso que
llamamos por convención “la cultura”, cuya solución, en parte, de
nosotros depende. Depende de que sepamos responder a esta pregunta:
¿Cómo puede la cultura contribuir a la revolución democrática en
curso, volver a ser una herramienta y un bien común para una república
laica de ciudadanas y ciudadanos libres y empoderados?

Muchas gracias por vuestra presencia hoy aquí. A continuación paso la
palabra a Quico Pi de la Serra, Ada Colau, Joan Vinyals e Ingrid de la
Torre.