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Guanyem en la República de Gràcia

Crónica de autor: Guillem Martínez @Guillemmartnez

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Acto de Guanyem en la Plaça de la Virreina, República Federal de Gràcia. Mientras empieza o no empieza, les explico esta plaza. Es la hermana cachonda de la Plaça del Diamant. Cuenta con 567 palomas, 3 de las cuales, ojo, son auténticas psicópatas. Está ubicada sobre el antiguo palacio de verano de la Virreina. Debajo de la plaza hay un pasadizo, para que la Virreina pudiera salir por piernas, y un refugio antiaéreo. Durante la guerra, Gràcia sufrió el primer bombardeo de Barcelona. No la volvieron a bombardear. Pero el canguelo fue tan notorio que los vecinos excavaron refugios como posesos en cada plaza. Si la guerra hubiera durado un día más, habrían llegado a China. Y habrían huido.

Cuando era un palacio, esta plaza llegó a ser el cuartel general de los Cien Mil Hijos de San Luis. Aquella invasión, por cierto, acabó con tres años de reconquista del urbanismo en Barcelona. El ayuntamiento constitucional volvió a practicar durante aquel trienio esa obsesión barcelonesa que es la planificación urbanística. A tutiplén: creó, toma ya, la Plaça de Sant Jaume, o la Boquería. El urbanismo al servicio de todos, en fin, es una región llamativa de la libertad. Es, tal vez, uno de sus sellos. Esta plaza, a su vez, es una idea de Rovira i Trias, un buen tipo, amigote de Pi i Margall, fundador del cuerpo de bomberos de Barcelona y artífice del Eixample de Gràcia, una estructura muy mona de calles y plazas. El Ajuntament de Barcelona, al ver lo que había hecho en Gràcia, le encargó el Eixample de Barcelona. La razón: esas calles estrechas y densas auguraban un pelotazo inmobiliario. Pero el Gobierno central impuso a Cerdà. Sencillamente, para fastidiar. Era el proyecto más odiado por el Ajuntament / el que menos suelo edificable preveía. Eso/Cerdà salvó a Barcelona. Y determinó ese paisaje bello y que vuelve majara a los taxistas llamado Gràcia. Del palacio de la Virreina, por cierto, sólo quedan unas piedras labradas, insertas en la iglesia de Sant Joan que preside la Plaça, una de las chorrocientas iglesias que se quemaron en 1909, en el primer gran levantamiento barcelonés del siglo XX. En el siglo XIX, Gràcia bordó la disciplina, con varios motines relacionados con los sorteos de quintos o/y con la cosa federal. El federalismo —formulado por Proudhon y Pi i Margall casi a la vez—, ese republicanismo que asumía soberanía absoluta en pequeños Estados y que intentaba desarticular la posibilidad de un Estado poderoso que nos tocara la cara, fue la pera en Gràcia. Mi motín favorito es aquel en el que, mientras la artillería del ejército bombardeaba Gràcia, una vieja de Gràcia, que había atado una cuerda al badajo de la campana de la Plaça de la Vila, estuvo tañendo la campana non-stop desde su piso para llamar a la rebelión. Durante tres días. Cuando todo el mundo pensaba que la vieja se iba a morir, se murió la campana. Esa campana rota, La Campana de Gràcia, fue uno de los grandes símbolos republicanos de la Península. Durante la dictadura de Primo quisieron fundirla para hacer una de las esculturas de Gargallo en el Estadio de Montjuic. Los vecinos no lo permitieron.

En otro orden de cosas, por esta plaza pasa cada día un señor vendiendo clínex. “Estem fent promoció d’aquests mocadors al barri”, dice para colarte un paquete. Es, por tanto, pobre, pero no pobre de espíritu. También pasa otro que pide para comida. Un músico pasa cada día y canta canciones ñoñas. Sobre las 17:00 pasan dos amigas con parálisis cerebral. Son bellísimas, van cogidas del brazo. Caminan a su propia velocidad, como cuando Simonetta Vespucci entró en Florencia. Y, a las 20:30, cruza la plaza en diagonal mi barbero. Un día me lo encontré, le pregunté por la vida y me dijo que ganaba 200 euros. De noche, los adolescentes vienen a la plaza a comerse la boca en los bancos. Lo hacen en silencio mientras, supongo, hablan de futuro. Sólo vociferan, hasta las tantas, los que se han quedado sin cacho.
Gracias a esta plaza sabemos que vivimos sobre palacios y refugios, que nos han tirado bombas, que hemos tocado campanas, que hemos luchado por una ciudad durante siglos, que a veces hemos ganado y, las más, hemos perdido, que somos bellos y frágiles, que a la que nos descuidamos nos comemos las bocas. Y que, en fin, no valemos más de 200 euros.
Todo eso —un barrio, un tejido, un paisaje urbano y humano—, se perderá en breve como lágrimas en la lluvia. El proyecto de ampliar el Passeig de Gràcia hacia Gran de Gràcia, la gran avenida de nuestra República, acabará con nosotros. Es decir, también con las cosas que recordamos, que nadie volverá a recordar por nosotros. No podemos vivir en Passeig de Gràcia. Y decidimos no vivir ahí. Pero Passeig de Gràcia, sus alquileres, sus franquicias, sus turistas con bolsas de Chanel, sus apartamentos por días, nos viene a nosotros.
Quizás por todo ello, por todo lo que pasa en esta plaza a lo largo de las 24 horas, hambre, astucia, temor, pasión, enfermedades, conflictos urbanísticos, besos, abusos, abrazos, precariedad, orgullo, nos hemos reunido en esta plaza. Somos la tira. No se cabe. Es posible que, en cierta manera, estemos construyendo un refugio, o tocando una campana.
Empieza el acto. Hablan Pep Martí y Gerardo Pisarello —ambos, ciudadanos de la República de Gràcia—, y Ada Colau, de Barcelona, país hermano. Luego, toma la palabra el público. No se producen grandes declaraciones sino, más bien, ejercicios sorprendentemente rigurosos sobre lo que es una confluencia —“somos diferentes, no tenemos que ser iguales, pero sí mayoritarios”—. Estos actos, en fin, están creciendo. Ya no se patalea, o se hacen descripciones de la crisis, ni se habla para constatar que no se está solo. Se habla del poder, de la mayoría social, de cómo el 15M percibimos que éramos mayoritarios, de cómo ocupar las instituciones, de cómo no volvernos locos en las instituciones ni ser como ellas, de cómo controlarlas y, a la vez, vaciarlas de centro. Del Derecho a Decidir, de la capacidad de decidirlo todo, de la responsabilidad internacional de una Barcelona con un Ajuntament ocupado por su sociedad. De cómo enfrentarse a las compañías energéticas y de servicios, de cómo recuperar las Ramblas o la Boquería para sus funciones previstas, que eran ayudarnos a vivir.
Finaliza el acto. Muchas personas se quedan hablando entre ellas. Lo que puede indicar que el acto no se ha acabado. O que empezó mucho antes. Tal vez el acto sea la plaza. Una plaza no empieza ni acaba. Hummm, igual he hecho bien con eso de enrollarme con la plaza.

Dibujos: Pedro Strukelj

Fotos: Francesc Messeguer @Francesc_Msgr

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