Crónica de la presentación de la candidatura Guanyem Barcelona. Cotxeres de Sants, 16S #AraTocaGuanyar


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Ilustración: Pedro Strukelj

 

CONFLUENCING

 

Crónica de autor: Guillem Martínez @Guillemmartnez

Cotxeres de Sants. Hace un calor terrible. Ese calor húmedo de Barcelona del que Pla, con un par, decía que iba de coña para conservar los puros. La sala está absolutamente abarrotada. No se cabe. Soportamos el calor e, incluso, nos conservamos, si bien no somos puros. Si me fuerzan, somos lo contrario. Impuros. El verano en Barcelona es impuro, obsceno y bello, y siempre ha sacado lo más perplejo de nosotros. En el siglo XV, para soportar el calor, la barcelonidad se encerraba en su casa y se desnudaba de cintura para arriba. Así es como Carmesina recibe a Tirant en la primera novela de Barcelona. Tirant, en ese encuentro, va con armadura. Una armadura es un esqueleto. Por lo que sabemos que, en cierto sentido, ambos iban desnudos. La locura del amor les nace en décimas de segundo, bajo una tunda de calor, humedad y belleza. En verano, en medio de ese calor, es cuando se producen todas las revoluciones desde el siglo XVII. En el XIX, en verano era más frecuente ver una revolución que un Frigo Dedo. A finales del verano de 1868, un viajero francés pasa por Barcelona y describe una revolución barcelonesa. Es diferente de las que él ha visto en Francia. Habla del calor. Y de que los hombres y las mujeres van juntos y abrazados y sonriendo con la boca llena de dientes. Por lo que me decía mi abuela, el canon barcelonés de la revolución se repite en el 36. La revolución, tal vez, es sencilla. Consiste en entrar en una habitación en la que sólo hay calor y sorprenderte y sentir en el pecho lo que Carmesina y Tirant. Rayos, me estoy poniendo cursi. Bueno, Cotxeres, Sants, Guanyem, calor terrible.

Como el de Carmesina y Tirant, este es un encuentro no previsto. Hace unos meses, esto no era posible. Hace tres años, impensable. Encima de una tarima, representantes de Guanyem hablan, como su nombre indica, de Guanyem. Hablan, por cierto, y en lo que es algo como para enorgullecerse, fatal. Carecen de todo ese poderío retórico que se adquiere en una Escuela de Verano de un partido o en una comisión interna para paliar la emisión de gases nocivos en un 0,008 o 0,009 %. Los oradores del acto no dominan el polvo de la frase, no van tirando millas hasta que sueltan un posible zasca. No realizan pausas dramáticas, sino más bien pausas del tipo rayos-se-me-ha-ido-la-bola-y-aquí-hay-más-de-3000-personas. No acaban con frase gloriosa —un poco como yo, que debería estar en modo Marhuenda chachi, hablando de las ventajas del producto Guanyem frente a otros crecepelos y voy y empiezo esta crónica hablando de las tetas de Carmesina—. Los oradores no son, vamos, profesionales de la comunicación. Por lo que no comunican, sino que más bien dicen. Comunicar, de hecho, es distinto que decir. Por ejemplo, un teléfono que comunica es un teléfono por el que nadie dice nada. Y quizás es eso lo que está pasando en la vieja política.

Lo que se dice aquí es que Guanyem ha recogido 30.000 firmas de la ciudadanía. Que eso es una validación. Se habla de revolución democrática, de ruptura. De lo que significa la ruptura: garantizar derechos que hoy valen su peso en guano, ampliar la democracia, también en lo económico, también en lo territorial, existir, decidir la agenda de la realidad. Se habla de una democracia raptada, de un ciclo en el que una persona, dos, tres, miles, un barrio, una ciudad, no valen lo que la sombra de la sombra de una empresa. De una sociedad precarizada, de una crisis que en realidad es un cambio de sistema. Se habla de parar y de contratacar ese cambio tuneando la democracia a gogó, hasta que se parezca a la vida, como decían los barceloneses del XIX. Se habla de los cambios que se han esbozado desde 2011. No son muchos. Pero son enormes. Posiblemente consisten en que personas que no estaba previsto que tomaran la palabra se hablen en una plaza, en una tarima, tal vez en una institución. Se habla de que esas personas somos casi todos. Se habla del funcionamiento de Guanyem —Guanyem tiene un mecanismo sencillo, como un botijo, como una puerta—. De la necesidad de ganar. De lo que significa ganar. Se intuye que no lo sabemos. Porque nunca hemos ganado. Ganar tiene que ver, en todo caso, con no ganar, con saber que todo un régimen y todo un sistema financiero no comprenderán que hemos ganado. Ni un solo instante. Se habla de confluencia. Se habla de que no es una coalición, de que no es una federación. Se habla de que se hará con luz y taquígrafos —vamos, en streaming—. El público habla después de la democracia que necesita como el agua. Y, ya puestos, del agua, de la luz. De cómo controlar y fiscalizar Guanyem. Se habla, con sencillez —como quien toca la campana— del municipio, del Estado como mafia. Se pregunta por el calendario de la confluencia.

Salgo a los accesos de Cotxeres. No deja de venir/confluir público. Me encuentro con amigos a los que no conocía antes de 2011. Cada uno con una historia. Una, acaba de montar una cooperativa de consumo —“como todas, pero un poco más barata”—. Otro, politólogo, está elaborando un documento que explica cómo hacer un referéndum desde una Comunidad Autónoma y que el Estado central ni lo roce —“es relativamente fácil. Sorprende que no lo hayan pensado. Bueno, no sorprende”—. Otro me habla de Josep Pla, el de los puros —“es curioso que se pueda ser mala persona y escribir tan bien”—. Otra me habla de una moneda virtual en la que está trabajando. Otra, otra, otro, otra. La conversación siempre empieza con un abrazo. La fraternidad es uno de los accesos más impresionantes del amor. Hace tres años que ese amor existe, que todos somos Carmesinas y Tirants que se acaban de descubrir. La confluencia empezó en 2011. Hacía calor y esa humedad mangui de Barcelona. Y fue instantánea.
Finaliza el acto.

Presentación candidatura Guanyem Barcelona. Cotxeres de Sants, 16S #AraTocaGuanyar

“I ENS PREGUNTARAN QUI SOM” Discurs d’Ada Colau per Guanyem Barcelona #SomGuanyem

 

Fotos: David Samaranch @davidsamaranch